Vientos del norte…


En mi etapa preuniversitaria, mi familia tenía por costumbre dejarme ir a Alemania en temporada de vacaciones las veces que quisiera, y es que siempre era bueno para refrescar la forma de hablar de Goethe. Se dice que es interesante viajar para conocer y aprender de otras culturas, formas de ser o costumbres, y en ocasiones es más enriquecedor todavía para saber que no se debe hacer en ningún caso y que debemos rechazar de nuestros forzados vecinos europeos del norte, con los que viajamos bajo la misma bandera, pero con los que muy poco o nada tenemos que ver. Volviendo a aquella etapa juvenil por tierras germanas, andaba yo una Nochevieja volviendo del centro de Euskirchen -un pequeño pueblo en medio de la nada en la que una maravillosa familia me acogió muchos veranos y Navidades- hacia la que en esa época era ‘mi casa’. La noche había sido más o menos larga (yo la di por finalizada antes de las 3 de la mañana) y como no, la noche había sido fría, como todas, y no sólo en lo metereológico, y es que lo de la Nochevieja en Alemania merecería un capítulo personalizado y en detalle. Volviendo andando a casa (y espero no desviarme más del tema), observé con la poca vista que me quedaba (en este caso debo confesar que apliqué el dicho ‘allá donde fueres haz lo que vieres’, y así iba yo de ‘cargado’) a un señor de unos 80 años, muy delgado, tirado en el suelo mientras a su lado lloraba desconsalada la clásica viejita alemana con un pañuelo en la cabeza y vestimenta que hubiera jurado que era de Marks & Spencer si no fuera por que estamos en el país del codillo. Durante el tiempo que tardé en llegar al lugar en el que se desarrollaba la escena, al menos una veintena de personas pasaron juntos a nuestra ínclita pareja de octogenarios, sin mirar, sin mostrarse extrañados, en definitiva sin inmutarse, y obviando una realidad. Sin dar crédito de lo que estaba viendo, y seguro de que algo tendrían que ver los sucedaneos de ‘cubatas’ que sirven en estas tierras en mini-vasitos y con las botellas ‘boca abajo’ tuneadas con un medidor que te sirve exactamente lo que pagas (que para eso sí que son muy ‘justos’), me acerqué a la señora y le pregunté por la situación, que por otra parte era obvia: El marido estaba en contacto con los adoquines y ella era incapaz de resolver por si sola la situación. Una vez comprobé que la única razón de que este hombre estuviera emulando a las alfombras era la tremenda intoxicación etílica (mi miedo era encontrarme con un infarto, ataque epiléptico o algo similar) le pedí a la señora que me indicara dónde vivía, y así podría trasladar al, afortunadamente para mi, escualido señor, a su morada. Extrañada, pero muy agradecida, y al tiempo que seguían pasando a mi espalda rubios y rubias supuestamente habitantes de un país más avanzado que el nuestro, me señaló que a tan sólo un pequeño paseo se encontraba su piso, que resultó ser un tercero sin ascensor, todo un clásico en este país, ya que el ascensor ‘hace ruido’… Pues bien, con las pocas fuerzas que me quedaban, y cada vez más lúcido por la cuenta que me traía, arrastré a hombros al señor, mientras la acompañante me ‘curtía’ a preguntas sobre mi procedencia, dónde me quedaba en su pueblito y mil cosas más. Finalmente logré llevar al esqueleto alcoholizado a su lecho, calmando así el llanto de su esposa, que una vez acabada mi faena insistió en darme dinero, cosa que obviamente decliné, a pesar de que mis padres me daban los marcos justos para una supervivencia razonable. Algo sediento, y orgulloso en el fondo de lo que me había pasado, continué ruta a ‘mi casa’, donde me espera el clásico ‘plumón’ sin sábanas. A los pocos días, Peter, el padre del Patrick, mi amigo con el que hacía intercambio, me llamó al salón y me preguntó por lo que había sucedido en Nochevieja. Resulta, que durante el trayecto donde emulé a la mula Francis con aquel personaje cargado cual saco de ‘papas’ (sí, papas, como en la tierra de mi madre), le conté a la llorosa auxiliada, que me quedaba en casa de los Hemmersbach, que era el dentista del pueblo, y conocido por todos y cada uno de los habitantes de Euskirchen. La agradecida ‘teutona’ se acercó a la consulta unas jornadas después de los hechos y le contó la historia al que hacía las veces de mi padre por aquel entonces. Éste, interrogándome en el salón, como siempre, muy cariñosamente, no acertaba a comprender los motivos por los que yo había hecho eso, y más aún, trataba de entender las razones para no contarlo en casa al día siguiente, lo que demostraba que él, a pesar de lo mucho que le aprecio y le quiero, hubiera sido uno de esos que ni se molestó en mirar lo que pasaba, pero claro, él es alemán, y creo que ahí está la clara diferencia.

 En definitiva, esos vientos del norte que señalaba en el título de este post, son aquellos de los que yo quiero huir. La contaminación norteña tiñe cada día más nuestros valores mediterráneos, de solidaridad, humanidad, entrega, amistad y sobre todo, humildad. Y es algo que estamos importando del norte de Europa y del norte de América, y deberíamos meditar si queremos o no que nuestros hijos aprendan más allá del poderío económico de estos países, que es en definitiva lo que nos ha encalidado y ha hecho perder la identidad frente a los ‘no valores’ de esta gente.

 Euskirchen

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