Dura y necesaria visita a un campo de refugiados (Diavata, Grecia)


Vivir con intensidad una responsabilidad profesional es algo que he tratado de hacer a los largo de los ya casi 20 años que llevo cotizados a la Seguridad Social. Los dos últimos lo han sido en la esfera pública, en una experiencia única que supone el honor de representar a un conjunto de ciudadanos, a los ciudadanos de la Comunidad Foral de Navarra en el Parlamento de Navarra. Vivirlo con intensidad es trabajar al máximo por lo que te han posicionado ahí, y entender desde el terreno la realidad de lo que discutimos en el hemiciclo. Al igual que los puestos de alta dirección que ocupé en la empresa privada me abrieron puertas, ocupar un puesto electo de responsabilidad me ofrece otras posibilidades, y es mi deber aprovecharlas al máximo para llegar a entender una situación o un compromiso. Es mi deber trabajar intensamente sin dejar escapar ninguna oportunidad.

Así lo entendí cuando hace ya unos meses preparaba mi viaje de verano a Salónica, al norte de Grecia, ciudad a la que viajo con cierta frecuencia por motivos familiares que no vienen al caso. Entendí que la situación de los refugiados que venían a Europa desde países en conflicto de Oriente Medio se había, cuando menos, silenciado, y parecía que ya no tenía la consideración de noticia, ni merecía atención alguna. Por lo tanto, y ante la cercanía de Salónica a la frontera con Macedonia (unos 80 kilómetros al lugar en el que se establecieron la mayor parte de los campos), no podía dejar pasar la ocasión de, al menos, intentar descubrir la situación sobre el terreno.

Vista del Campo de Diavata FOTO: ONG Arbeiter Samariter Bund

Vista del Campo de Diavata FOTO: ONG Arbeiter Samariter Bund

A principios de mayo, a través de la página de consultas con firma digital del Ministerio de Asuntos Exteriores, me puse en contacto con la Embajada de España en Grecia, que muy amablemente, y de forma inmediata, me respondieron con los pasos que debía de dar, advirtiéndome que las visitas estaban muy restringidas, señalándome que los campos estaban custodiados por las autoridades civiles y militares griegas, dirigiéndome a los Ministerios de Asuntos Exteriores y de Interior de España para hacer la petición formal. Así lo hice, y aún siendo la comunicación constante y fluida, estaba claro que el objetivo no iba a ser nada fácil. Finalmente, y sin entrar en más detalles burocráticos, el 1 de agosto, estando ya en tierras griegas, recibí la confirmación de la autorización y el visado para visitar el Campo  de Refugiados de Diavata el 2 ó 3 de agosto, es decir, en los dos días siguientes.

Automáticamente, y nada más recibir la confirmación, el personal de la Embajada me llamó al móvil, y me puso en contacto con Samuel Nahmias, cónsul honorario de España en Salónica, quién me acompañaría y me daría los pormenores de la visita. Samuel, con una amabilidad extraordinaria me concretó el punto de encuentro y me advirtió que debíamos ir con escolta policial, ya que así lo requerían la autoridades griegas, extremo que a mi me pareció exagerado en un principio, aunque finalmente entendí que la cuestión no iba a ser todo lo cómoda que puede parecer.

El miércoles 2 de agosto nos citamos el cónsul y yo en el hotel Makedonia Palace, a las afueras de la segunda ciudad más importante de Grecia, dónde se personó con un motorista de la policía griega que abrió paso a mi modesto coche de alquiler hasta el campo, situado en los terrenos de una antigua papelera y ahora copado por las fuerzas militares. En la entrada del campo, por lo que me dijeron ya olvidado por los políticos y poco acostumbrados a las visitas oficiales, nos esperaba un grupo de policías que nos acompañarían en el recorrido, el coronel del campo y algunos representates de las ONGs presentes.

La entrada, aún siendo un campo abierto, imponía, y te situaba en la realidad. Concertinas, vallas y elementos de seguridad por doquier, que anunciaban, junto a las miradas de los que se encontraban al otro lado, un recorrido nada amigable, como ya nos adelantó el coronel en una primera conversación que mantuvimos en su despacho. La noche anterior se habían dado unos importantes altercados que acabaron con dos barracones incendiados, un conflicto de índole étnico que me explicaron con detalle, pero que no tiene sentido alguno explicar aquí. El caso es que la tensión era máxima, se mascaba y, sinceramente, no parecíamos bienvenidos.

Finalmente, y después de ver el área de oficinas y de atención médica, nos adentramos en el campo bajo un sol de mediodía insufrible, con la atenta mirada de los ocupantes y bajo vigilancia de la policía. Nos explicaron las comidas que realizaban al día, el espacio del comedor, los sitios comunes y la composición de los barracones -por familias, procedencia, etc- e incidió el coronel en la problemática de la convivencia, que se hace desesperada cuando pasan hasta 18 meses en el mismo lugar, siendo en realidad un campo de paso, que debería ser el último paso para reintegrarse en la vida civil, en un piso tutelado o, como nos explicó, en familias, a través de un proyecto piloto que quería resituar a los refugiados que venían solos, de peor adpatación que las familias.

De las pocas conversaciones que pudimos entablar, me quedo con la preocupación de los propios refugiados por los millones de ellos que todavía quedan a pocos kilómetros de ahí, en Turquía, además de los otros millones que siguen atrapados en las ciudades en conflicto. Me quedo también con la extrema higiene con la que iban, de su forma de hablar y de expresarse, síntomas claros de formación, cultura y dolor, mucho dolor por abandonar aquello que nunca hubieran imaginado que tendrían que dejar atrás.

A pesar de todo, estaba claro que no éramos bienvenidos. Es obvio que en su día hubo colas de políticos por esas mismas casetas, y que de sus promesas ha quedado la nada, la misma nada de representantes públicos que a día de hoy se acercan por ahí. Al menos así me lo expresaron, se sienten olvidados y se sienten aparcados. Aparcados en Grecia, en Turquía y bajo las balas de sus ciudades, todavía llenas de familias en pánico.

Al final del recorrido, en un ambiente de polvo, calor y olor a quemado, nos acercamos a los dos barracones que incendiaron esa misma noche tras una trifulca étnica incomprensible e injustificable, aunque claramente alimentada por la situación humanitaria, social y de supervivencia que se vive en Diavata.

Podríamos haber continuado con la visita, e incluso nos invitaron a ver más barracones por dentro, pero me sentí ciertamente incómodo y entendí que ya estábamos llegando a violentar la intimidad de muchos de ellos, como así nos lo recordaban constantemente con la mirada, y es que, con toda la razón, ya no se creen nada de lo que viene de Europa Occidental en forma de promesa o buenas palabras. De igual forma, evité hacer foto alguna, salvo una, la institucional que podéis ver al final de este post y que colgué en redes. La hicimos en una esquina del campo en el que no se pudiera sentir nadie molesto.

Con un cuerpo lleno de acongojo y responsabilidad por la situación, nos despedimos del personal del campo, las ONGs y los militares al cargo, que agradecieron la visita con una ambilidad infinita, al igual que los refugiados, aunque estos últimos con una sensación de olvido, desazón e incredulidad absolutamente justificado.

Algo tenemos que hacer, es nuestra responsabilidad. La etapa del postureo y hacerse la foto de miles de políticos pasó. El problema sigue ahí, pude verlo, tocarlo y sentirlo. Se trata de personas, y las palabras se han quedado huecas para definir la injusticia de lo que les está pasando a quienes simplemente tienen que dejar su vida, ahora ocupada por las bombas.

Salí mal del campo. Tocado, y con una sensación de culpabilidad que se acentuaba por la presencia, otra vez, de la escolta motorizada hasta en el retorno a Salónica. Pero con fuerzas para tratar de hacer algo. Ahora sí, desde mi humilde posición, trataré de mover conciencias, realidades y maquinaria solidaria. Espero volver a Diavata y encontrar tan solo un secarral como recuerdo a una triste etapa en la historia de la humanidad.

Con el cónsul honorario de España en Salónica y el Coronel del Campo de Diavata en plena explicación de la situación.

Con el cónsul honorario de España en Salónica y el Coronel del Campo de Diavata junto a mí en plena explicación de la situación.

Por último quiero agradecer a la Embajada de España en Atenas, al Sr. Triana, al Sr. Sáenz de Heredia y al propio embajador (con el que tuve oportunidad de hablar en su despacho de la capital griega un par de días después) sus trámites y gestiones, así como la amabilidad de Samuel Nahmias, cónsul honorario de España en Salónica. Igualmente, y tras volcarse con la visita, le doy las gracias a la policía griega y los responsables militares, que se involucraron en todas las etapas. Así como las ONGs, que aún estando muy ocupadas, tuvieron su momento de atención. Sin embargo, el máximo agradecimiento, y a la vez disculpa, es a los propios refugiados, a los que sentí que estaba entrando en su intimidad, al mismo tiempo que me sentí responsable por su situación.

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