EL PAÍS y su dependencia


Decía Kofi Annan, séptimo secretario general de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la Paz en el año 2001, que ‘ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural‘. Afortudamente, en España hoy podemos estar seguros que vivimos democráticamente. Sin embargo, quiero tratar el caso de EL PAÍS, diario que leía desde bien pequeñito y que hoy, después de bastante tiempo sustituyéndole por otros medios en formato digital, ha vuelto a caer en mis manos en formato papel, para mí, toda una experiencia que ha despertado muchos recuerdos.

Como decía, hoy he tenido la oportunidad de leer en profundidad y con atención la edición nacional del diario EL PAÍS, en concreto el número 14.288, que corresponde al miércoles 17 de agosto de 2016. Nada diré de su contenido y ni de sus profesionales periodistas, que luchan por su profesión y puestos de trabajo con la mayor dignidad del mundo, pero si me centraré en la realidad de lo que representa el negocio de este medio y el momento en el que se ha embarcado, momento que responde a muchas preguntas sobre su deriva editorial y su total dependencia, dejando de ser independiente, hito que ya adelantaron hace nueve años abandonando su viejo lema ‘Diario Independiente de la Mañana’ por el que luce actualmente bajo su marca con un contundente ‘El Periódico Global’.

La edición de hoy, que no he pagado yo, ha costado 1,50 Euros, y consta de 48 páginas, o lo que es lo mismo, 12 hojas de papel (cada hoja contiene 4 caras), lo que nos lleva a deducir que cada hoja nos ha costado 12 céntimos de Euro y medio. Sin entrar en si es caro o barato, y teniendo en cuenta que la cultura no tiene precio, si que hay que señalar que yo recordaba el volumen de un periódico mucho más generoso, aunque tal vez sea cosa mía o de la percepción del infinito cuando me informo a través de Internet.

A sabiendas de que en la recaudación no está el negocio de la prensa papel -hay que tener muy en cuenta los costes de personal, papel, tinta, producción, distribución, punto de venta y un largo etcétera- me he querido entretener en la ‘mancha publicitaria’, que es como llaman los comerciales de este medio al porcentaje o número de anuncios que aparecen en una determinada edición. Repasando hoja a hoja, la decepción ha sido importante, encontrando que tan solo seis anuncios han tenido a bien aparecer publicitando sus productos en EL PAÍS de hoy. Analizando cada uno de ellos, encontramos que hay uno de lucha contra el software ilegal en su portada (de 9 x 7 cm.), otro de ONE en su página 17 (de 20×25 cm.), uno de Viajes El Corte Inglés en la sección del Tiempo (de 8 x 8 cm. con toda la pinta de ser perpetuo en este espacio) y, atención, tres de TELEFÓNICA – MOVISTAR en las páginas 7 (20×25 cm.), 39 (página completa de 25 x 35 cm.) y, por último en la página 47 correspondiente a la programación de televisión (de 9 x 8 cm.). La suma total de la raquítica mancha publicitaria de hoy es de 2.074 centímetros cuadrados (cm2), de los que 627 corresponden a los tres primeros anunciantes y los 1.447 restantes son espacios adquiridos por TELEFÓNICA – MOVISTAR. Por lo tanto, cerca del 70% de la publicidad que hoy luce EL PAÍS es de un solo anunciante, y esa empresa es TELEFÓNICA – MOVISTAR.

Podríamos pensar que hay otras fuentes de financiación otrora boyantes, y visto que la esquelas parecen haber pasado a mejor vida, haremos el esfuerzo de buscar los ‘Clasificados’, obervando que, de las decenas de páginas que componían esta sección cuando tuve la fortuna de disfrutar de este diario , ahora tan solo un faldón de la penúltima página dispone de estos anuncios por palabras, todos ellos de ‘Relax’, o lo que es lo mismo, de prostitución. Una vergüenza mayúscula que debería hacer reflexionar a cualquiera.

No hay más cera que la que arde. Cuándo algo acontece hay que preguntarse por el benefactor. Es obvio que EL PAÍS ha tomado una deriva clara en su línea editorial, lejos de sus principios sociales con los que se fundó en 1976 y en el que escribió mi padre arriesgando el cuello en los años más convulsos de nuestra naciente democracia ¿A quién le beneficia este nuevo rumbo?

Toda la suerte del mundo a los empleados de EL PAÍS, en especial a los periodistas.

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