MADRID: Kilómetro 0


Artículo publicado en 400kilometros.com, la web de los navarros residentes en Madrid

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En Madrid nací, aquí crecí, en sus colegios y universidades estudié, e incluso, y aunque no pudiera parecerlo, en sus calles maduré, sufrí, ligué y me desarrollé como persona. Por lo tanto, y como tantas veces me he definido, soy un madrileño cerrado, dentro de lo poco cerrado que te permite ser esta ciudad, construida por y para los foráneos. 400 kilómetros es la distancia que desde hace más de dos años me separan de estos adoquines centenarios, de sus clásicas farolas, de sus desordenadas callejuelas, de las impertinentes palomas, de sus soleadas tardes de invierno, del bullicio, de sus alocadas noches, de sus churros, y, cómo no, de mis siempre presentes gallinejas, callos, sangrecillas y de todo aquello que de pequeño vi como se compraba en las ya extintas casquerías, pero sobre todo, esos cientos de miles de metros me separan de mis amigos, de aquellos con los que compartí cuna, un elemento irremplazable.

Para aquellos que han hecho la ruta inversa –a los que está dedicado este espacio– certificarles que la Villa y Corte no mira procedencias, apellidos y tampoco distancias. Es raro además dar con un ‘gato’, y es que de tan felina forma se bautiza a aquellos que cuentan con ambos progenitores nacidos en Madrid, que, he de confesar, no se encuentran entre mis amigos, empezando por mi, orgulloso de ser madrileño al uso, siendo mi madre canaria y mi padre vasco, formando lo que en conjunto ha pasado a ser un espacio de convivencia multicultural que se fundó sobre un primitivo asentamiento musulmán, y que pasó a ser capital allá por el año 1561.

400 kilómetros nos separan de Córdoba, Murcia, Huesca, Badajoz y tantas otras capitales de provincia, desde donde igualmente hicieron las maletas y se acercaron a vivir con nosotros hombres y mujeres a los que nunca se les preguntó nada y se les compartió todo, y es que en definitiva esto es el kilómetro 0, precisamente el lugar desde el que estoy escribiendo estas letras, un rincón al que siempre me he acercado a comprobar que Madrid sigue igual: diverso, dinámico, plural, abierto, anónimo, culto y acogedor. Desde aquí, y en compañía del nómada Oso y Madroño, os mando una foto del momento que, en esencia, recoge un castizo suspiro.

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