INMOVILISMO: El arte de criticar y no aportar (e incluso copiar)


El los últimos años, y gracias al gran equipo que tan bien me ha rodeado y a ‘mis mayores’ -que tanta libertad me han otorgado-, he tenido la suerte de crear un caldo de cultivo óptimo para la innovación, así como para investigar -con más o menos tiempo- lo que realmente está pasando en la ‘globosfera’, que, como seguiremos informando, está cambiando a una velocidad vertiginosa, catalizada por la gravedad de la crisis.

El inmovilismo -RAE. Tendencia a mantener sin cambios una situación política, social, económica, ideológica, etc.- no cabe en mi cabeza, y creedme, ni en la de ninguno de los consejeros que componen el accionariado de LINC. Sin embargo, desde fuera, y cada vez con más fuerza, observo una tendencia al inmovilismo brutal, que es todavía más sangrante cuando proviene de instituciones que deberían representar todo lo contrario.

La crítica, siempre bienvenida en todo proyecto en el que me he involucrado, se convierte en vacía cuando se queda en eso, en crítica, sin aportar absolutamente nada a pesar de así solicitarlo del remitente. En España, al contrario -una vez más- que en el resto del mundo innovador, el fracaso iniciador se relaciona con la vergüenza, mientras que en el mundo anglosajón se relaciona con el orgullo: ‘al menos lo has intentado’. Así de claro.

Tampoco vamos a señalar, simplemente vamos a apuntar que, cuando la crítica viene de la rama académica, la respuesta se hace, más que nunca, necesaria. Tanto si se trata de un ente público como privado, desde esos foros viejos y rancios deberían mirar la viga en el ojo propio y sí, ver la paja en el ajeno, pero aportando, aunque después de ver como rebajan al esperpento el genial trabajo de unos estudiantes, como no, del otro lado del charco -burdamente imitado también por empresas de altos vuelos y alguna que otra compañía que en su día cotizó en el Nuevo Mercado-, nada nos debería extrañar, cumpliéndose la máxima del crítico que no aporta e incluso se cree innovador imitando en fondo y forma un trabajo ya realizado. Este halo de grandeza que envuelve a algunos componentes del mundo universitario, está haciendo mucho daño a aquellos que realmente tratan de llevar a cabo la difícil misión de cambiar y lijar el moho que envuelve los campus, claro que el aura de los críticos no aportadores (y copiones) no se lo ponen nada fácil, siendo muy ilustrativo comparar el temario de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid en el año en el que yo finalicé -1998- con el actual, en el que si algo ha cambiado es pura casualidad, cuando la comunicación hoy en relación a lo que pasaba hace 12 años ha sufrido una transformación que nada tiene que envidiar a la Revolución Industrial, sí, esa que siguen ‘enseñando’ en la aulas.

Por otro lado, las escuelas de negocios y derivados, que han crecido como setas a la sombra de la ineficacia de los señalados en el párrafo anterior, siguen el mismo camino trazado por sus viejos predecesores, surgiendo figuras que a modo de ‘dioses’ se permiten el lujo de igualmente criticar sin aportar, e incluso de analizar un plan de negocio, cuando lo más parecido que han hecho a ejecutarlo ha sido extraer un sucedáneo de café de la vieja máquina del, esta vez sí, enmoquetado pasillo.

Como no caeré en el error de criticar sin aportar, ni, Dios me libre, de copiar y creerme innovador, trataré de proveer algunas soluciones, que bien podrían recoger los dinosaurios de las letras, siendo consciente de la utopía de esto último.

Que en España contemos 74 universidades entre públicas y privadas es algo insostenible, más aún cuando han crecido en paralelo al ‘Baby Boom‘ y ahora sencillamente no hay alumnos, y, dicho sea de paso, tampoco hay dinero, en especial para las públicas -de las otras ya se ocupará el mercado-, por lo que la reducción en el número de fábricas de ‘mileuristas’ no se debería hacer esperar. La implicación de los alumnos en los temarios empieza a ser más que necesario, y así evitar tener que escuchar -con mis propios oídos- en un foro de profesores de una universidad pública española que ‘nosotros (por los profesores) sabemos más de nuevas tecnologías que los alumnos, pero ellos no lo saben’, al tiempo que todos asentían y se daban palmaditas en la espalda ante mi mirada ‘ojiplática’. Así mismo, y de eso debemos encargarnos los profesionales de la empresa privada, hay que velar por la materia que se imparte en las aulas, y por las prácticas, ahuyentando a los alumnos -en la medida que nos sea posible-de auténticos timos que a modo de ‘experto en…’, ‘especialidad en…’ o ‘posgrado en…’ se están ofreciendo sin rubor y, lo que es peor, basándose en la moda y lo más tosco del marketing, y ya hablando de lo que realmente considero mi especialidad, Internet, aprovechando la ola de necesidad de conocimiento de este medio y ofertando a los sufridos bolsillos de los padres del alumnado, y muchas veces a las trabajadas carteras de los propios estudiantes, una auténtica mugre envuelta con el lazo del 2.0, Community Manager, Redes Sociales que, cuando interese a los generadores de caja, pasará a llamarse movilidad, geolocalización o, vete tú a saber y como ya he escuchado, 3.0.

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