Desde el exilio forzado, pero agradecido


Hace tan sólo 20 años, yo vivía en un tranquilo pueblo cerquita de Madrid, en el que podías ir en bicileta por el monte, cruzar riachuelos más o menos limpios o jugar al fútbol en campos improvisados junto a encinas que hacían las veces de banquillo. Hoy, ese monte es un conglomerado de ladrillos con cientos de foráneos durmiendo sobre nuestros circuitos de bici-cross, esos riachuelos son tuberías enterradas sobre las que pasan mantas de asfalto colapsadas de coches, y el campo de fútbol improvisado es un centro comercial con salas de cine, restaurantes, bares y un sinfín de tiendas multicolor. Ni que decir tiene que las encinas, en el mejor de los casos, hace tiempo que alimentaron la chimenea de alguno de los nuevos vecinos llegados al olor de la promesa de ‘calidad de vida’.

Hace tan sólo 20 años, en mi pueblo, insisto, muy cerquita de Madrid, un grupo de una docena de chavales formábamos una cuadrilla que amábamos nuestro pueblo, en el habíamos nacido, en cuyos campos habíamos aprendido a montar en bicicleta, en sus cuestas más de uno se dejó los dientes, en sus árboles supimos lo que era una picadura de oruga y en sus alcantarillas, sí en sus alcantarillas -no dejamos ningún lugar por explorar- conocimos que además de gatos había otros animales parecidos pero con cola. Pues bien, hoy, de todos esos chavales, tan sólo uno ha conseguido independizarse y seguir en el mismo pueblo, el resto hemos tenido que irnos lejos, a pueblos alejados en lugares en los que era asumible una vivienda y en la que poder formar una familia sin necesidad esperar a ayudarnos del bastón para educar a nuestros descendientes. Como hijo del pueblo: ¿quién ha consentido que oriundos de esta villa se hayan tenido que ir dejando paso a perfectos extraños que sólo han venido porque tienen más dinero que yo?. Es así como se pierde la identidad, y es una pena, que a día de hoy, gente que no me puede señalar ni uno de los lugares en los que antes había un puente, un arroyo o una casa abandonada sean los que dirigen los destinos municipales (el propio alcalde actual, conoció de la existencia de este municipio en el mismo momento en el que le ‘colocaron’ a dedo en el puesto), y es una pena igualmente, que los que hemos ‘mamado’ de las fuentes centenarias de los parques salvajes del pasado, tengamos que escribir estas líneas desde kilómetros de distancia.

Bien es cierto-¡que casualidad!- que donde vivo ahora, puede parecerse a aquel Pozuelo de Alarcón que nos vio nacer hace ya 34 años, y que a día de hoy, a pesar de la nostalgia, no lo cambio. Y no lo cambio porque la promesa de ‘calidad de vida’, pregonada por constructoras y promotoras, se ha convertido en una masa de gente que se mueve con puntualidad germánica en determinados momentos temporales, provocando interminables atascos sobre mis añorados arroyos entresemana, y aglomeraciones, que bien pueden provocar episodios en antropofobia, sobre el improvisado campo de fútbol del pasado en los fines de semana.

 

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