Exprimir hasta la última gota
Hay muchas frases cítricas, y no por ello ácidas: ‘Tu media naranja’, ‘naranjas de la China’ o ‘exprimir hasta la última gota de la naranja‘. Frases hechas, asimiladas y que soltamos a lo largo de nuestra vida, definiendo, y por el mismo orden, el amor, lo inalcanzable y la supuesta eficiencia. Sin menospreciar el afecto, y tratando de no perder el tiempo con una quimera, me quedo con el popular afán de acabar, para siempre, con lo que podría ser tu fuente inagotable de recursos.
‘Exprimir hasta la última gota de la naranja’ podría definir muy bien la situación especial en la que en estos momentos se encuentra España. Mi país, lo mismo el tuyo, ha sido, y es, muy dado a buscar el atajo, el enriquecimiento fácil y a idolatrar al nuevo rico sin pararse a pensar que recursos ha evaporado para elevar su posición. No dudes ni un momento que esos recursos son tuyos, y, por tanto, de todos. Sin embargo, ha ido encontrando la vía de la levadura con una fuente especulativa detrás de otra. Unos pocos se han enriquecido, ahí están, y otros muchos los hemos sustentado, en un statu quo que nos ha hecho partícipes y cómplices al conjunto de la sociedad. Sin excepción.
No hay necesidad de enumerar las temáticas especulativas que se han paseado por nuestras fronteras desde que Colón llegara a las tranquilas aguas del Mar Caribe, y tampoco nos vamos a entretener en los despropósitos que se han permitido en las últimas décadas en nuestro país. No hace falta, siempre ha sido igual, hemos tratado de exprimir hasta la última gota de cuantas naranjas han pasado por nuestras manos. Nos han dado de beber, nos han llenado de energía, nos han vitaminado e incluso nos han endulzado, para luego, arrojar sus cáscara al pardillo que viniera a continuación. Allá se las componga.
La semana pasada tuve la suerte de asistir a un desayuno-coloquio en la Cámara Navarra con el embajador de Israel en España, Alon Bar, que iba acompañado de la agregada comercial de la Embajada, Yifat Alon-Perel. Yifat, después de un breve pero intenso discurso, y tras trasladarle mi admiración por la privilegiada situación tecnológica de su país -sin entrar en otros aspectos políticos-, explicó la teoría de la naranja, tan simple como que Israel había dejado de vender naranjas, las mejores naranjas, y ahora vendía semillas, las mejores semillas. En eso se habían focalizado, en desarrollar la mejor tecnología para dar con la mejor semilla. Un caso real, no un supuesto. Israel, hasta hace bien poco, competía con España exportando cítricos. Hoy no.
Mientras tanto, en España hemos exprimido nuestra última naranja, la naranja inmobiliaria. Como ya hiciéramos con el turismo, no hemos tenido la delicadeza de salvar ni una sola de sus semillas. No sé si vendrán más naranjas por aquí, tengo mis dudas. De lo que no dudo es de que, si hay oportunidad, volveremos a licuar el fruto sin aprovechar lo verdaderamente importante: el ‘know how‘.
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